
Me confieso culpable, admito los hechos que hoy escribo con letras en tinta negra y atrapo al fantasma que merodea en mi cabeza… al autor intelectual que me trajo como consecuencia la sentencia de por vida a no olvidar y no tener ni terapia ni manual para lograrlo.
Tomé la garra y desenterré los secretos que no compartí ni con dios… por soberbia, el primero de mis pecados… y los traje aquí como prueba, para que el viento disemine las cenizas del ayer que hoy ya no puedo atrapar.
Me sacude la vida recordando los pasos que me hicieron cambiar el rumbo que marcaba mi estrella, aquella que dejé de observar hace mucho tiempo… cierto es que me hice amiga de la sonrisa plateada de la luna y la colgué permanentemente en mi balcón, cierto que la secuestré, que se convirtió en mi cómplice… pero juro que solo lo hice por amor.
Después de muchos años mi caso llamó la atención y la sombra del pasado que tanto silencio había guardado tocó a la puerta, me encaró con preguntas que hoy respondo abiertamente sin miedo a la censura, a la crítica… ese terreno peligroso que nunca se cansó de juzgar y que está a la espera de mi fatalidad y a la cual respondo con un guiño descarado.
Las marcas en la piel, el trozo de memoria secuestrado, las lágrimas derramadas, mi sueño incumplido, la no inmunidad al dolor y la manera como he sido juzgada, son el pago en efectivo que he realizado… la cuenta está saldada, al pasado yo NO le debo nada.
Hoy acepto que mi alma vive desnuda, que la entrega sin reservas me ha liberado, que el amor me ha sanado, que vivo sin miedos y que, con toda seguridad... si tuviera la oportunidad de volver a nacer, repetiría exactamente la misma historia con sus consecuencias... porque he vivido en base a mi decisión, porque he ganado como premio la plenitud y finalmente,





















