
Cuantas veces te pedí que no me buscaras, que no perturbaras mi sueño con tu recuerdo, que tu voz fuera como el eco que se apaga en la distancia y tu nombre se enterrara en el cemento.
Cuantas veces a zancadas alejé mis pasos de los tuyos… cambié de rumbo, mudé de piel y disfracé mi amor con sonrisas ajenas, con fiestas y uvas añejas que provocaban una falsa alegría.
Saqué las garras y me aferré en el mañana en el que no aparecías. Te creí perdido, te desterré de mi nuevo paraíso construido con la nueva persona en la que me convertí. Me deshice del pasado (según yo), quité telarañas, pinté paredes y brindé por tantos años de efímera felicidad.
Entregada al placer de vivir, vestida en rojo una de esas tantas noches en las que celebraba haberte olvidado apareció tu silueta frente a mí.
El mismo lenguaje en tus ojos, la misma sonrisa curvada, tu mismo olor.
Me supo amarga la uva, estrellé la copa contra el piso y corrí furiosa hasta el espejo. Tantos cambios, tanta hambre de vivir, tanto tiempo tapando al sol con un mísero dedo, tanto tiempo tratando de extinguir esa llama eterna que dentro vivía y que no era más que tu.
No soy la misma –pensé como argumento-, dejé de quererte- lo consideré una gran mentira- soy otra, soy más fuerte que tu, soy todo menos quien un día fui por ti… quien un día descubrió que falsa puede ser la vida cuando se vive más en sueños que en la propia realidad.
Nada cambia, todo sigue igual salvo la bendita coincidencia de encontrarnos de nuevo.









